ANÉCDOTAS DE UNA VIAJERA DEL TERCER MUNDO - Viajando en catanare. I parte.
- 8 ago 2019
- 6 min de lectura
El espíritu aventurero vive en mí.
En mi casa le llaman locura.
Al final no sé si soy aventurera o loca. O las dos cosas juntas.
Soy una faramallera de primera, aun cuando me han pasado tantas cosas… pero parece que mi forma de ser no permite que nadie me lo cuente, sino que me invita siempre a vivir las experiencias en carne propia: sean buenas o no tan buenas, y esta empieza así:
Decidí vivir la aventura de irme a visitar a mi papá a Puerto Cumarebo, estado Falcón, tomando un vuelo desde Caracas a Punto Fijo y de allí, irme a Coro en “camionetica” (casi una hora por carretera), porque el taxi me pedía una fortuna y en cash, y estábamos en ese momento con la escasez grave de dinero en efectivo. Luego en Coro, me pasarían buscando en el terminal y me llevarían con mi papá.
Me la tomé relax y pensé: “nada. Vívete esto como una experiencia que contar”…y como no. Ahora tengo algo que contarles.
El viaje de ida, estuvo relativamente exitoso.
Llegué al terminal de Punto Fijo, con una amiga que me fue a buscar al aeropuerto Josefa Camejo, junto con un amigo (ya que ella tenía el carro dañado), y como siempre, ella me regalaba la mejor de las actitudes y de paso me invitó a desayunar unos pastelitos maracuchos, que aun recuerdo y se me agua la boca.
Bauticemos a esta amiga como Ana.
Después de comerme tres pastelitos bien resueltos me llevaron al terminal y para mi suerte, el terminal aunque un poco deteriorado, era bastante moderno, amplio y ¡estaba vacío!
Así que al bajarme del carro, directo me monté en la camionetica en donde un hombre, guindando en una de sus piernas al borde de la puerta del transporte, gritaba con una voz chillona y nasal:
-¡Coro, Coro, Coro!
Los asientos estaban en perfecto estado.
La unidad tenía aire acondicionado, y podía leer grabado en el vidrio delantero “viajes de lujo y excursiones”, tenia cortinitas y vidrios ahumados, para protegernos del inclemente sol de la costa venezolana, es decir, que había corrido con suerte y me había montado en una súper nave.
Íbamos escuchando José Luis Rodríguez, El Puma (mi primer gran amor ja ja ja) a un volumen agradable. Nada parecía perturbarme.
Mis conversaciones internas me decían: ¿Por qué tanto miedo de viajar por carretera en populacho? No es tan malo la verdad. ¡Me lo estoy gozando!
Mi hija que estaba de viaje, me escribió por whatsapp y estuve chateando durante el trayecto, por lo cual, en una de esas fui sorprendida cuando mi compañero de asiento me pidió permiso para salir y al mirar a mi alrededor, todo el mundo estaba en las mismas. ¡Habíamos llegado!
¡Qué maravilla de viaje! ¡Que vivan los populachos!
Estuve con mi papá dos días en su pueblo y sentí que bien había valido la pena la aventura y si a ver vamos, tampoco había sido nada traumático.
Al tercer día de estadía, me tocaba despedirme de mi papi y mi amiga Ana, quien se había ido por su cuenta a casa de mi papá y me acompañaría en mi retorno a Punto Fijo en camionetica.
La estábamos pasando tan rico en Cumarebo, ese pueblo con tanto encanto donde nació mi padre, que le dimos larga para tomar los bolsos e irnos, y cuando vinimos a ver, eran las 5 de la tarde.
Mi papá preocupado por la hora, prácticamente nos botó de la casa. (teníamos que agarrar carretera, dos mujeres solas, en transporte público y ya iba a oscurecer).
Nos dieron la cola hasta el terminal de Coro… que no es ni parecido al de Punto Fijo.
Es grande, pero viejo, y feo.
Para rematar llegamos a la hora pico. 5:30 pm. La hora en la cual, quienes trabajan en Punto Fijo y viven en Coro, regresan a sus hogares o los que trabajan en Coro y viven en Punto Fijo, se disponen igualmente, llegar a casa.
Es decir: el terminal estaba full y colapsado.
Yo miraba esperanzada alguna unidad que dijese “viajes de lujo y excusiones”, pero no tuve éxito alguno.
Todas las camioneticas se veían viejas y calientes.
Había varias colas, y todas, todas iban a Punto Fijo.
Fin de mi alegría.
Parecía que todo el mundo regresaba a esa ciudad a la misma hora y nosotras habíamos atinado a regresar con ellos.
No quería ni respirar. Todo olía a pipí.
Creo que en la cara se me veía la incomodidad, aunque trataba de disimular y fingía ser oriunda y totalmente acostumbrada a esos menesteres.
-Haz tú la cola aquí y yo voy a ver que si consigo por allá – me dice mi amiga Ana.
Viendo para todos lados, asustada, agarrando mi bolso con fuerza y manteniendo mi cara de billete de siete, seguía haciendo mi cola, mientras sentía que me derretía del calor y pensaba que mi amiga al regresar, solo encontraría mi ropa en el piso, porque yo, de seguro, en unos minutos más, iba a pasar a estado gaseoso y me convertiría en aire, como la canción de Mecano.
Agobiada del susto, de pensar cuantas horas estaríamos ahí, en que camionetica horrible nos tocaría irnos, que vecino tendría en mi asiento, a quien quizás le gustaría mi hombro como almohadita, escucho:
-¡Mata! ¡Mata! -(así me llama mi amiga Ana)- ¡Ven! ¡Conseguí algo mejor!
Por eso es que dicen por ahí: zapatero a su zapato.
Ella era de allá y sabía como se batía el cobre. Menos mal. Porque si dependía de mi, con esa cara de importada, no teníamos muchas esperanzas.
Salí corriendo al encuentro de mi amiga, sudada y brillante como pastelito, corriendo con mi bolso, como en la propaganda de Graffiti, con la emoción de que nos iríamos en algo parecido en lo que me vine “viajes de lujo y excursiones” y en menos de una hora, estaríamos en Punto Fijo y listo. ¡Adiós odisea!
Pero…llegué a donde estaba Ana y paré en seco.
No podía computar en mi mente lo que estaba sucediendo.
-¡Ven pues! ¡Trae tu bolso!- me gritaba Ana excitada, mientras esperaba para meter mi bolso plateado y hermoso, en la maleta del carro donde nos íbamos.
Pero yo no podía moverme.
No podía ni hablar.Del tiro quedé muda.
¿Saben a lo que le llaman un catanare?
Exacto. Un carro viejo, descontinuado, grande, oxidado, horrible y desbaratado.
Esa era la nave en la que llegaríamos a Punto Fijo.
Mi amiga Ana, desesperada junto al chofer, me hacían señas con las manos para que me acercara con mi bolso, para poder cerrar la maleta del carro y poder irnos. Pero yo no reaccionaba.
-¡Vente pues! ¡Que solo esperan por nosotras dos!
Esto tenía que ser un chiste. Una prueba de la vida. O no sé qué.
Tragué duro y di unos tímidos pasos hacia el catanare año 1965.
Al ver la maleta del carro, agarré con más fuerza mi bolso y no lo quería dejar ahí: una cajuela sucia, con huecos en la latonería por donde entraría todo el sucio de la carretera y un caucho de repuesto lleno de grasa.
Pero no me quedó otra.
Como Don Ramón (el del Chavo del 8), entregué mi hermoso bolsito plateado para que muriera en la cajuela del catanare. Quien sabe de qué color llegaría.
-¡Listo! ¡Nos fuiiiimos!- me dijo Ana con su cara de felicidad acostumbrada y su buena actitud ante la vida, cerrando la maleta del carro mientras yo, tragaba duro y caminaba como Charlie Brown, lento, triste y con pesadumbre. Solo me faltaba la frazada.
Me monté en el catanare muy a mi pesar. Hacía mucho calor para una cobijita, pero de resto, imagínenme como Charlie Brown.
El catanare era amplio y grande. Contaba con dos puestos adelante, al lado del conductor en un solo asiento y tres puestos más, atrás.
A mí me toco atrás, junto a mi amiga que amablemente me dejó la ventana, ya que como era de esperar el carro de los años 1.600, no tenía aire acondicionado y ella sabía que el calor me ponía de muy mal humor, además tan noble ella, se quedó en el asiento del medio, que es el más incómodo de todos, porque eres el queso del sándwich.
Pero ella iba feliz, con sus rizos que bailaban con la brisa de esos lares y su sonrisa adornando su rostro.
A su lado Charlie Brown se había transformado de un ser opaco y gris, un ser amargado y mal encarado: en Snoopy, que lo único que tenía en mente era llegar rápido a su destino y bajarse de inmediato de ese carro, en el que como penitencia de la vida, se había tenido que montar.
Ana me miraba y reía, y a mí no me salía ni medio centímetro de dibujo de labios.
Pero ¿cómo podía salirme alguna sonrisa si estaba sentada directo sobre la goma espuma de lo que se supone era mi asiento? Perdonen pero era mucho pedir a este cuerpito.
Justo donde yo estaba sentada, la tapicería de semi cuero dura y color caramelo, se había roto, quizás por el sol, o simplemente por el millón de años que tenía, y mi espalda era un caldo de sudor con miles de bacterias propias, más las bacterias de miles de personas que se habrían sentado allí durante todo este quinquenio y habían dejado su ADN ahí, por si algún día se necesitara para quien sabe, un experimento.
No estaba segura si al llegar, iba a poder levantarme y despegarme de la goma espuma.
No podía reirme. ¿Como hubiese podido hacerlo?
Echaba chispas por los ojos.
Continuará...
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